Literatura

«Relatos, falsos poemas, cosas», de Juan Francisco Marín: cuando el nihilismo y la esperanza se dan la mano.

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Comenzar a escribir historias puede suceder de muchas maneras, puede ser un acto consciente y premeditado o te puede suceder como a Juan Francisco Marín (Lorca, Murcia, 1978) y que un buen día, haciendo limpieza en un cajón, empiecen a salir viejas historias y te digas a ti mismo que por qué no hacer de todo eso un libro.

Ser cinéfilo y escribir parece que son dos actividades profundamente ligadas. Es una de esas cosas que no tienen por qué ser así, pero que suelen coincidir. No es tan extraño, si lo pensamos fríamente, que cuando uno admira mucho un arte, quiera también crearlo. Lo que igual no es tan frecuente es lo de dedicarse al mundo del derecho y las leyes y, al mismo tiempo, ser una suerte de rapsoda urbano que mezcla el humor con el nihilismo más descarnado. Ciertamente, el de Juan Francisco Marín es un caso poco común.

Su irrupción en el mundo de la literatura fue un poco por casualidad, nada premeditado, tal vez como suceden las cosas importantes de la vida, al fin y al cabo. «Tenía algunos viejos textos pensados para blogs o para mí mismo. Aparte de mi trabajo, me di cuenta de que era capaz de seguir escribiendo, y pensé que por qué no publicar un libro. Fue algo que me hizo ilusión. Y aquí estoy», cuenta.

Después de debutar como escritor con Relatos cortos, reflexiones, desvaríos y la novela Labrador de medianoche, Juan Francisco Marín ha publicado su última obra, Relatos, falsos poemas, cosas, un libro muy peculiar, siempre jugando con una aparente incoherencia en cuanto a la estructura argumental, con una falta de conexión que no es tal, porque existe un motivo común a toda la obra, aunque evitaremos desde aquí los posibles spoilers. «Creo que su punto fuerte es la variedad. Hay temas que se repiten, como el amor o la pérdida de la inocencia. Pero no tiene un hilo argumental definido. Ni un género. Mezcla relatos, breves reflexiones e incluso poemas. No es necesario leerlo por orden. Creo que es un libro que hace pensar».

Quizá sea el elemento más destacable de la obra de este escritor lorquino, esa mezcla de elementos antagónicos, el nihilismo y la esperanza, el humor y la amargura, la dureza y la ternura del amor inocente. Ese baile de pasiones contrapuestas no es nada fácil de lograr, y representa muy bien la madurez literaria de Marín. Para él, no es algo consciente, sino más bien una consecuencia lógica de su forma de ver la vida y de plasmarla luego en el papel. «No lo hago premeditadamente. Suelo condensar muchos elementos en pocos párrafos. Creo que es algo que sale natural. A veces escribo como desahogo. Exagero los aspectos dramáticos y negativos como catarsis, y dejo una puerta abierta a la esperanza», asegura.

Como su amor por el cine, su confianza en su inspiración es infinita, por ello tiene ya en mente nuevos proyectos, como la continuación de las aventuras y desventuras de su Labrador de medianoche, así como un proyecto para escribir una historia a dos manos. Lo que está claro es que seguirá rebuscando en el cajón de las historias aparcadas, de donde asegura que sigue sacando pequeñas joyas que, quién sabe, tal vez un día vean la luz en forma de libro, igual que sucedió con Relatos, falsos poemas, cosas. «Muchos textos los paso por alto, pero, cuando releo otros, pienso: “¿Cómo se me ocurrió esto?”», confiesa el lorquino.

Artículo por Eva Fraile. Podrás encontrar más artículos suyos en: https://noteaburras.es/author/evafraileagent/.

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